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Apache 39
José Manuel Guerrero Padilla

Contra Escila y Caribdis

José Manuel Guerrero Padilla

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"Unos ojos diferentes"

Ojos Diferentes

Es bellísimo. Arriba, sobre mi cabeza, es un océano de oscuridad preñado de diminutos destellos vibrantes, silenciosos y engañosa pero dulcemente estáticos que me envuelven entero y me acarician el alma. Hacía meses que no me tomaba el tiempo para mirar al cielo en su oscuridad así como cuando niño, desde la azotea, pasaba horas mirando las estrellas sin saber sus nombres ni cuán lejos se encontraban de mi, sin saber si aún seguían existiendo o si lo que llegaba a mis pupilas eran solo los restos de sus últimos y eternos alientos. Conocía casi nada, como ahora, solo sabía que todo eso era bello, muy bello, demasiado como para arrebatarme por horas de mis juegos, mis distracciones, y mis tediosas tareas y deberes; allí montado en el techo mirando hacia lo alto, al infinito…
Infinito. Alguien decía hace mucho tiempo que si el universo fuera infinito, el cielo nocturno debería estar tan encendido como en el día, que un mar de puntitos brillantes iluminaría totalmente la bóveda celeste. Pero no, la materia y energía, la luz y el espacio son muy distintos, mucho más de lo imaginable y allá desde la eternidad de la existencia decidieron mostrarse pintando en el espacio a nuestros ojos pequeñas huellas para que pudiésemos trazar unas sutiles líneas de consciencia y ofrecérsenos con un nombre y una esencia, para entonces llamarlas constelaciones.
Allá afuera, en lo alto, todo es un misterio. Y sin embargo el misterio se desborda desde nuestro interior. El misterio sublimado en deseo por descubrir, en capacidad de asombro, aquello que mueve a alguien a dedicar su vida a ello, a pesar de lo que digan los demás; algo así como “no vale la pena que estudies física” porque ya no queda nada por descubrir. Eso escuchó Max Planck a finales del siglo XIX, y después se maravillaría con los secretos que la energía y su luz guardaban hasta entonces en silencio.
¿Hasta dónde llegan el cielo y las estrellas?, ¿cuál es el número más grande?, ¿cuál es el último de ellos?... mis niños me hicieron estas preguntas a su corta edad, y el corazón se me encendía pues nos adentrábamos en el mundo de sus misterios y del mío también. Es infinito, esa era la respuesta. ¿Infinito?, ¿que nuca termina?, ¿que no se acaba?... ¡solo había que contemplar la belleza nuevamente! La belleza del misterio y del infinito. Lo recordaba todo en un instante, reviviendo el Mundo Sin Fin: en el azul profundo del cielo cuando de día, en su silenciosa oscuridad cuando de noche, escondido y velado en los conceptos y palabras, ¡y aún lo más bello de todo!, en el divino rostro lleno de asombro y vida de mis niños.
¿Será eso mismo lo que vive Dios desde el infinito mismo? ¿cuándo vive desde dentro y desde fuera nuestros rostros llenos de asombro y vida contemplando lo creado? ¿es así, de la misma naturaleza lo que siente Dios?
Es un misterio, un bello misterio.
El deseo profundo por maravillarte, la esencia de la vida; algo que se desborda dentro de nosotros y lo hace a la vez con nuestras ideas y conceptos llevándolos más allá de sus límites y abriéndolos como vasijas capaces de empaparse más de luz y de verdad. Para hacer oro hay que tener oro, me dice un apreciado maestro. Y cuando falta el oro, no hay desbordamiento, solo hay encogimiento; y los límites nos estrechan y las vasijas no captan más luz, entonces el cielo pierde a nuestros ojos sus encantos y esa inmensa belleza se nos extravía pues nuestra vista comienza a perder poco a poco la movilidad y la amplitud, queda reducida a un mundo más pequeño,  aquel donde no hay más hilo negro ya por descubrir en nuestra vida.
Pero el infinito en su sagrado misterio lo es también en lo diminuto. ¿Hasta cuantas veces se podría dividir el espacio?, me preguntaba en ocasiones, pues me era posible mirar los destellos del sol iluminando cientos de puntitos jugando sin descanso entre el espacio cercano que se abría entre mi cuerpo tumbado en el pasto boca arriba y el celeste del firmamento. 
Y era verdad… ahora lo veo: el hendir el leño y levantar la piedra… ¡Ahí está! Simplemente puro y encantador… la misma esencia de la vida… el infinito nuevamente. Nuestra misma naturaleza revelándose ambigua y llena de incertidumbre, como lo expresaría Heisemberg, ante nuestra común percepción, haciendo de nuestros conceptos insuficientes para describir lo que tenemos delante nuestro… alrededor… aquello que forma parte de nuestra propia existencia; desnudándonos y dejándonos solo con aquello que no solo es capaz de recorrer cada diminuta partícula de existencia y escudriñarla, sino que en el fondo es la misma fuente de donde surge lo que es y existe. Aquello que da luz a las ideas y sus materializaciones,  quien las crea y las hace nacer. Nuestra consciencia.

Esta noche las luces del cielo me prometían ser encantadoras; me llamaron haciéndome alzar mi vista nuevamente, y entonces pensé en mis tres niños y en uno más que recordé vive dentro de mi. Quise volver a mirar las estrellas y fascinarme con su belleza y su silencio, con mis deseos profundos, mi asombro y mi inocencia. Necesitaba unos ojos diferentes y se los pedí prestados.

 

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