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José Manuel Guerrero Padilla

Contra Escila y Caribdis - Twoning

José Manuel Guerrero Padilla

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"TWOning  VIII : SEXO"

TWOning VIII : SEXO

Era aún un niño cuando la palabra me causó la impresión más adversa posible. De los adultos no escuchaba absolutamente nada al respecto, mis padres fueron de otra época, era comprensible. Toda la información que a mí llegaba provenía de precoces pubertos y su muy inmadura y sesgada comprensión del asunto. El sexo comenzaba a mostrar un halo, no solo de secretismo, sino también de prohibición y de pecado, se convertía en tabú. La muy famosa y solo supuesta manzana de la Biblia, aquel fruto que Eva persuadió a Adán para que probara, era, a frase no expresa pero no obstante bien entendida, el mismísimo sexo. La iglesia a la que pertenecía, el lugar que se me presentaba como el más santo y más sagrado, era manejada por hombres célibes: el sexo debería ser algo no tan puro, en el mejor de los casos… y no obstante tan placentero… y aún más, de su manifestación es que proveníamos todos…

Es tan difícil acomodar el concepto en tu mente cuando tantas cosas contradictorias están presentes en él. No es de extrañar que hoy día sea tan fácil contemplar las consecuencias de tal confusión; la infidelidad alcanza niveles alarmantes. El sexo y sus etiquetas de “prohibido” y “pecado” han tenido la mala fortuna de provocar una doble “excitación” en las personas (en especial en los hombres que en este aspecto estamos solo un paso arriba del reino animal); una con la adrenalina, al desafiar la prohibición, y la otra, al experimentar el placer mismo. Al llegar al matrimonio, y por lo tanto al tener el “permiso” del sexo, esto conlleva la pérdida de esa excitación inmadura de hacer lo prohibido; el placer sexual (si no hay una verdadera condición de pareja en la cual esté sustentado) irá pisando los terrenos de la monotonía fácilmente con el paso del tiempo.

Llegada la adolescencia y con mis sensaciones a flor de piel me confrontaba con la idea que tenía de que la importancia del sexo residía primordialmente en la bendición de traer una nueva vida al planeta; la iglesia lo consideraba como el verdadero propósito de la unión sexual. También comencé a darme cuenta de ese lado oscuro del hombre y del uso tan perverso que del sexo podía hacer.

Por fin llegó el día en que escuché información que intentaba orientarme al respecto,  fue en el colegio entrando en mi adolescencia. Después de considerar al sexo como algo tan revoltoso, donde tu intimidad estaba totalmente involucrada en ese acto manchado por tanta mal información y prejuicios, aquella clase (de biología sexual, reproductiva y métodos de prevención) se convertía en el momento más bochornoso del día. Eso fue todo en cuanto a “educación”, o mejor dicho información, básicamente científica, que recibí acerca del sexo; del resto se encargaría la televisión, el cine, la pornografía, etc.

No obstante el sexo siempre me pareció guardar algo más… sumamente misterioso y que rebasaba mi comprensión; lo sentía tan poderoso que por lo mismo me exigía la mayor responsabilidad de mi parte. Además, no solo se trataba de obtener satisfacción, en ello estaba implícita una entrega personal. Pude notar como el impulso sexual, todos los deseos que éste hacía nacer y manifestarse, estaban marcados y dominados por todo mi sistema de creencias, por mi estado del ser y esa batalla entre mi ego y mi esencia. Mientras más prejuicios fuera desechando más poder tendría para orientar esa indómita fuerza de la mejor manera posible. El sexo es una de las más poderosas manifestaciones de energía, y el sexo como la manifestación del amor a la pareja, la más sublime y sagrada de ellas.

Me di cuenta que la formación al respecto sigue siendo pobre y limitada, además que demasiado orientada al aspecto negativo del asunto: prevención de embarazos y enfermedades de transmisión sexual; hay mucho aún por dar a conocer y que tiene que ver con el aspecto positivo del sexo y que está orientado con el amor verdadero. El sexo es parecido a una enorme escalera del suelo hasta el cielo; aunque tiene sus escalones inferiores donde puedes vivir experiencias muy oscuras, en los superiores eres capaz de vivir experiencias celestiales.

El sexo es mucho más que un placentero intercambio de fluidos. Hay demasiada energía en juego y a tan diferentes niveles; desde los más sensibles físicamente hasta los más sutiles. Energías que nos acompañan en nuestro campo áurico, imperceptibles a nosotros, se comparten, quedan presentes y perduran en los cuerpos. El experimento del ADN fantasma de Vladimir Poponin me vino a confirmar esto que ya sentía. Una muestra de ADN depositada en un recipiente al vacío e iluminada con un laser dejaba su huella en el espectro resultante sujeto a medición. Al ser retirada e iluminar el vacío, se formaba, curiosamente, otra configuración un tanto distinta a la de la muestra de ADN, pero a la vez distinta a la muestra de control tomada en el vacío previo al experimento y que solo mostraba un patrón azaroso. Esta configuración “fantasma” era capaz de perdurar en el tiempo por varios días.

Una relación sexual es invitar a alguien al lugar más íntimo de tu ser (al menos en el plano físico y energético), por lo tanto es de pensar a quien le haces una invitación así. No obstante, en el aspecto más positivo, cuando manifiestas tu amor a través del sexo, estas compartiendo la más preciosa y elevada de tus energías vitales con el ser amado y quedas impregnado de la suya. El sexo es creación. Dos seres son capaces de dar vida a un tercero a través del sexo, o son capaces de crearse a sí mismos y recrearse a través del amor a la pareja.

Fue hace cuatro años mas o menos que pasé tres noches con dos personas muy especiales. Un matrimonio encargado de cuidar de un bello lugar de retiro asentado sobre colinas llenas de pinos y una hermosa vista al lago, en el estado de Michoacán. Solo estábamos ellos y yo, la mayor parte del tiempo yo solo; pude escapar un poco de tantos problemas que cargaba; pude pensar, respirar aire puro y llenar mis ojos de esas maravillas.

La última noche, cenando en su cabaña que estaba como a cien pasos de la mía,  hablábamos de una infinidad de temas sumamente interesantes. Josué me pidió entonces esperar junto a Beatriz en el comedor mientras entraba en busca de algo a su cuarto. Pronto volvió con una pequeña macetita de barro entre sus manos. La cargaba con tal cuidado que parecía que cargaba a un bebé; Beatriz solo sonreía levemente. Se acercó hasta mi silla y sin entregármela me mostró un pequeño y curioso brote de cactus de un color verde grisáceo. ¿Qué es?, le pregunté. Una plantita de peyote, me respondió. Casi seguro de lo que pensaba hacer me advirtió con gentileza y firmeza en el instante: no lo toques, nosotros tratamos con mucho respeto a esta planta, no sé qué hayas oído de ella pero ten por seguro que nada de eso refleja la verdad, este elemental es sumamente poderoso, puede abrir tus canales a experiencias muy especiales pero si no estas preparado te vas a perder.

Regresé pensando en sus palabras y sin más encontré una alegoría. El sexo es en verdad sagrado, y no importaba lo que había oído de él, no importaba lo que había pensado de él, eso no cambiaría en nada su condición. La diferencia reside en que mientras no lo vea en su poderosa y elevada dimensión estaré privándome de alcanzar y experimentar estados superiores de conciencia. El verdadero conocimiento sexual es una iniciación en los misterios del amor de pareja.

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