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Apache 39
José Manuel Guerrero Padilla

Contra Escila y Caribdis - Twoning

José Manuel Guerrero Padilla

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"TWOning  IX: El Niño, el Mundo, la Bestia y el Tesoro"

TWOning  VIII : El Niño, el Mundo, la Bestia y el Tesoro

Aún puedo recordarme, cuando niño, inventando historias en un pequeño espacio del jardín, dándole vida a las cosas más insignificantes, mirando absorto el mundo interior de una canica translúcida haciéndola girar lentamente justo delante de mi pupila, así como instalado en la azotea de la casa de mis padres tan solo contemplando las estrellas, flotando en el tiempo sin sentirlo… imaginando… creando… antes de que el mundo, al cual no sé si pertenezco, me confundiera y me absorbiera… incapaz de resistirme…

No tuve el tiempo de cuestionarme absolutamente nada, cuando pude notarlo ya estaba ahí… el mundo era un mundo de adultos y poco a poco fui adentrándome en él. Hoy día, ya siendo uno de ellos, me miro al espejo a través de mi memoria, así como en los ojos de mis hijos, y entonces entiendo del miedo… y entiendo de ese tesoro que es necesario recuperar.

Pude comprender a la vez ese temor que de niño sentía a los monstruos y a la oscuridad, un miedo que la mayoría de los niños llegan a sentir. Y es que esa bestia existe y amenaza con ensombrecer tu brillo y robarte tu inocencia y tu pureza, o en el peor de los casos amenaza tu integridad y hasta tu vida. Es un monstruo invisible, engendro de toda la oscuridad y la brutalidad humana, despojo de todas nuestras miserias.

Tan pronto llegas al la vida, el primer rostro de Dios que contemplas sobre la faz de la tierra es el de papá y mamá. Y son precisamente ellos quienes, aun llenos de temores y sin pensarlo ni desearlo, comienzan a opacar el destello de sus más amados seres. Me duele reconocerlo, pero es así.  No obstante también sé que el dolerme es parte del absurdo bagaje de culpas que cargo conmigo. Hice y hago tanto como puedo, pues aún sigo luchando contra mis propias oscuridades y sé que mientras no renuncie a ello y a la búsqueda de mi realización voy por el camino correcto.  Yo también encarno y encarné la figura de Dios hasta que mis niños, que ya no lo son tanto, comenzaron a descubrir que su pequeña deidad tenía defectos a imagen y semejanza de cualquier mortal.

Quizá aún debamos todos vivir nuestro propio versículo del génesis… nuestra propia historia del Edén… y de pronto ser expulsados de él, vivir nuestro destierro para conocer el bien y el mal, y entonces buscar el camino de vuelta al paraíso.

¿Qué fue lo que perdimos? ¿Cuándo fue que lo perdimos? ¿Qué nos dice el mundo de nosotros mismos a ese respecto? ¿Qué hay en él que nos refleja con tanta agudeza? Muchos de nosotros los adultos seguimos aceptando y formando parte de este mundo de incoherencias y locuras, donde vivimos aún dominados por muchos miedos insensatos. Muy a pesar de lo que nuestros labios puedan pronunciar al respecto, pasamos por la vida más temerosos de evitar el mayor sufrimiento posible, que de buscar en verdad una felicidad que aún intentamos definir sin sabernos ni sentirnos realmente merecedores de ella. Solemos además confundir la felicidad con esas efímeras e ilusorias dosis de energía en el intento de llenar el enorme vacío que llevamos dentro.

Justo cuando mayor es tu fragilidad es cuando inicia tu inducción en la vida del mundo. Cuando más necesitas ser arropado y alimentado emocionalmente, cuidado y protegido… aún más, cuando mayor es tu necesidad ser celebrado por ser quien eres en verdad, un pequeño artista que está por comenzar a realizar su gran obra, muy al contrario comienzas a toparte con un mundo acostumbrado a cercenar anhelos y deseos. Justo cuando miras la existencia como un enorme jardín dónde experimentar cualquier clase de juego creado por tu imaginación, cuando más lleno de energía te sientes, es que comienzas a toparte con el mundo de los adultos. Ellos, en su mayoría ya no viven tan llenos de energía y sí muy llenos de absurdas preocupaciones. Han permitido que sus temores ahuyenten muchas de sus ilusiones y han instalado en su lugar una realidad bastante limitada. Ellos creen que no hay nada más allá de las fronteras de su realidad, y muchos ni siquiera sospechan que esos límites son precisamente fijados por su baja carga de energía y su mermada ilusión.

Cuando niño me topé con un mundo muy absurdo, pero sé que hoy día no ha cambiado en realidad. Por el contrario, el temor de los adultos y el desánimo y apatía que este fermenta han agudizado su insensatez. A un recién llegado, el mundo de los adultos lo ve casi como un ser que viene “en blanco”, desprovisto de conocimiento. Claro, nadie suele recordar siquiera de dónde es que ha llegado hasta aquí, ni trae consigo a su llegada datos ni definiciones ni fórmulas matemáticas (cosas que valora demasiado el mundo); no obstante si trae consigo su esencia, su personalidad y su sabiduría que iría desplegando y desdoblando naturalmente (si el mundo no lo obstruyera) con el transcurrir de sus años. El adulto espera que el niño le escuche, aunque se supone mayor capacidad de escucha y comprensión del adulto. Pero es así porque el niño es visto como alguien que no sabe y no entiende, que sus ideas están generalmente en relación directa con su tamaño: son pequeñas. Su voz, por lo tanto, no es tan importante pues se confunde su inocencia y su pureza con ignorancia y fantasía. Al niño se le premia no por ser, en realidad, sino por obedecer. Así, el niño aprende a ser infeliz y a buscar una ilusoria y falsa felicidad ansiando el aprecio de los demás. La convivencia cotidiana con ellos, la guía de los padres en casa, aquello común y demeritoriamente llamado “el cuidar de los niños”, es una labor por demás subestimada. Primero el hombre y después la mujer, pero ambos generalmente han despreciado la tarea más noble e importante que alguien puede llevar a cabo sobre la faz de la tierra. El feminismo no es mas que el polo opuesto del machismo, pero ambos descansan sobre el mismo absurdo y patético eje. Me pregunto: ¿qué será más importante?, ¿crear cualquier cosa… la más grande obra que puedas imaginar?, ¿o formar y guiar a un creador en potencia? Somos muchos que salimos al mundo a crear, y lo hacemos partiendo de una esencia mermada y reprimida en muchísimos casos, no obstante hay quienes podrían guiar, en la búsqueda de su propia esencia y propósito, a almas grandes que habitan pequeños cuerpos, quienes el día de mañana podrán salir al mundo a crear maravillas a partir de una esencia libre y completa.

Recuerdo también, no hace tanto tiempo,  esos momentos en los que como padre el temor me llegaba a dominar y lo transmitía a mi hijos… mis dudas y mi desconfianza… Momentos en los que dejé de escucharlos, en los que puse límites a sus legítimos deseos y a sus expresiones. Temor a que se equivocaran, a que probaran el rechazo, la indiferencia, la burla, el desprecio; temor a que el mundo los lastimara, incapaz en esos momentos de darme cuenta que era yo y no el mundo quien más lo hacía.

Sí, puede parecer lógico… cuando amas a alguien no deseas verlo sufrir jamás… pero eso no es más que una pobre forma de amor basada en el miedo. Cuando amas a alguien quieres verlo feliz y no hay mayor felicidad en la tierra que encontrarte a ti mismo. Pero… ¿cómo enseñarle a alguien a encontrarse a sí mismo cuando has perdido, tú mismo, una parte de ti? Cuando has perdido a tu niño y su riqueza.

El niño siempre espera ver esa clase de amor brillando en la mirada de sus Dioses: el regocijo por su llegada y la celebración de su existencia. Eso debería ser el mundo, una celebración eterna por la vida, el gozo por los recién llegados y la luz que llevan en sus almas.

Ahora voy y me miro al espejo. Deseo sentir la emoción de estar parado en este planeta y celebrar mi existencia, anhelo de recuperar a mi propio niño y el tesoro que carga dentro… su esencia divina… la energía de la creación… la Luz de Dios.

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