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José Manuel Guerrero Padilla

Contra Escila y Caribdis - Twoning

José Manuel Guerrero Padilla

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"TWOning X: El Niño, la Educación y el Loco del Castillo"

"TWOning X: El Niño, la Educación y el Loco del Castillo"

Hace varios años ya que tomé mi última clase sintiendo la emoción de que algo, que había durado mucho tiempo, estaba por concluir. Días más tarde, delante de tres profesores presentaba mi último examen; defendía mi tesis ante ellos y percibía la electricidad que invadía mi cuerpo cuando hablaba desde la razón. Meses después, la sensación placentera, y algo confusa a la vez, se apoderó de mí cuando recibí el correo con el título que acreditaba mi maestría.

Pasados algunos años me di cuenta de que, si bien algo había concluido, no obstante yo necesitaba y deseaba seguir aprendiendo muchas cosas más. Simplemente había terminado un proceso a través del cual acumulé vivencias, conocimiento y al final tenía un par de títulos en la mano. ¿Y qué había significado todo eso?, ¿qué sentido había tenido en mi vida?...

Me recuerdo desde los tres, cuando comencé a ocupar las pequeñas mesitas del kínder llevado de la mano de mi madre y sin comprender por qué me dejaba allí, ni qué era lo que en realidad hacía en ese lugar; como no era el único “abandonado” en esas circunstancias, mi angustia atenuaba, hasta que con el tiempo solo se transformó en resignación.

“La letra con sangre entra”, era un dicho que para mi época de estudiante se suponía que sólo era una reminiscencia… aunque sólo en el lenguaje, porque en la realidad las “torturas” en primaria continuaban en su intento de que la “educación” entrara, si no con sangre, sí con jalones de patillas, o reglazos, o con cualquier otro tipo de castigo.  La educación en los salones de clase era (y sigue siendo en muchos casos) algo parecido a ir al cine; mayormente solo jugabas el rol de un espectador pasivo pero con la diferencia de que la función a la que asistías tenía un guion muy mal elaborado, la trama era comúnmente la más sosa y aburrida, debías permanecer callado y atento, te gustara o no la función, y lo que se te exigía de ello, más que cualquier otra cosa, era memorizar (que debido a todo lo anterior era lo más “lógico” que podías hacer).

La educación normalmente mostraba una cara muy poco agradable. ¿Dónde estaba la emoción?, al hacer esa pregunta bien podrías pasar por tonto; allí no se iba uno a divertir (salvo en recreo); así como los adultos iban a trabajar, los niños debían ir a la escuela. Había mucho lugar para la seriedad y muy poco para las sonrisas, demasiado espacio para el deber y muy poco para el asombro, además que por el maestro había normalmente más temor que admiración. Te preparaban para ser un estoico trabajador y parecía no importar si eras feliz o no; nadie tenía que decirlo directa y abiertamente, sin embargo lo respirabas a cada instante, con cada gesto, con cada palabra y con cada actitud.

Afortunadamente no todo era así. En mi paso por este camino me topé con muy buenos maestros que amaban lo que hacían y por lo tanto me transmitieron el verdadero conocimiento por su tema. A pesar de que debían cumplir con los planes y objetivos de un sistema en muchos aspectos decadente, llegaron a entusiasmarme. Y es que el problema no eran en sí los maestros, el problema era y es el sistema.

Es comprensible que, para épocas anteriores, la educación fuera de dicha manera y era en cierto sentido útil para el propósito que se perseguía. Para mi época de estudiante, y desde mi punto de vista, la educación comenzaba a mostrar su rigidez y su falta de evolución. Hoy día, y vuelve a ser mi opinión de cierta forma, pide a gritos que nos detengamos a pensar hacia dónde nos dirigimos.

¿Para qué propósito debería servir el sistema educativo si no es para ser feliz?  La verdad es que cualquier cosa o concepto, tangible o intangible, que no sirva para la búsqueda y consecución de la felicidad del ser humano, ¿para qué demonios sirve entonces? Realización, éxito, logro, evolución, o cualquier otro concepto en este sentido no es (o no debería ser) mas que un aspecto o matiz de la felicidad. Aún seguimos transitando con dificultad desde la tergiversada idea de sufrir en la tierra por un premio en el cielo, o de pasar por esta dura vida de la manera mas “placentera”, a la de construir la alegría del cielo en la tierra y en cada momento, que es igual a la idea de pasar a un nivel mayor de consciencia acorde al conocimiento desarrollado. Cuando miro el mundo en el que vivo, no veo lo que mas deseo, y no soy el único en verlo así; es de sobra constatable que el conocimiento no ha dado todos los frutos que de él, en el ser humano, se esperaban.

El conocimiento es algo parecido a las muñequitas rusas, una sola idea o concepto encapsula y esta encapsulado en tantos otros conceptos o ideas hasta el punto de devenir en la energía más sensible y más profunda, o desembocar a la más tangible y superficial de todas. De pronto te encuentras la curiosa discusión de: ¿quién se debe de encargar de la educación profunda y quién de la superficial?… ¿los padres en casa de la profunda?, ¿las instituciones educativas solo de la superficial? Pero tanto una como la otra están siempre enlazadas, así nos propongamos “separarlas”. Pero más allá de cuestionarse hasta qué grado el sistema educativo debe procurar el desarrollo de los valores de las personas, o cuál es y ha sido su contribución social, deberíamos comenzar a rescribirlo todo desde una hoja en blanco. Comenzando por replantearnos cuál es la razón de su existencia y cuán congruente es lo que hoy se hace con relación a su razón de ser. Reconocer si no es acaso que se siguen repitiendo fórmulas que obedecen a viejos esquemas, simplemente con “valor añadido”; si es poco más que un sistema diseñado para alimentar el engranaje de una colosal, fría, competitiva y miope maquinaria de producción en masa que amontona productos y servicios que sirven a medias al ser humano… un sistema educativo, subproducto de uno mayor y anacrónico de vida, que ha tenido aciertos pero que se ha estancado y también ha causado muchos problemas y desequilibrios. Los aciertos de nuestro sistema de vida se han ido diluyendo bajo sus enormes desatinos con el paso del tiempo. El estado del ser humano y del planeta que habita deja en evidencia lo anterior.

Plasmando esto recordé la pequeña historia del loco del castillo…

Este era un hombre que vivía en el sótano de un castillo, pero él no lo sabía pues no había atestiguado su realidad completa. Todo su mundo eran las cuatro paredes húmedas y frías de ese lugar, y llegó a pensar que no había más que eso. Un día encontró en el sótano una preciosa llave. Esta estaba hecha de oro puro e incrustados en ella tenía un enorme diamante rodeado de piedras preciosas. El hombre se emocionó tanto al verla entre sus manos, con su halo dorado resplandeciente, que perdió la cordura con aquel hermoso pero diminuto brillo. Quedó cegado y después no hubo más que la oscuridad de su ego. Recordó aquella puerta empotrada en uno de los muros de la estancia y los tres peldaños que la precedían. Comparó el símbolo grabado sobre ella y constató que era el mismo que las piedras preciosas formaban en la llave. Lleno de temor no solo escondió su preciada llave, sino que además colocó cuantos obstáculos pudo delante de la puerta y destruyó los tres peldaños para que, quien quiera que fuese, no pudiera llegar a arrebatarle su pequeño tesoro. La tragedia de este pobre hombre y su locura fue no saber que la llave abría la puerta que lo hubiera llevado a las demás estancias del castillo y al enorme y rico tesoro que éste guardaba en ellas.

Y así nos ocurre… este sistema de vida tiene como discurso la libertad, pero practica la ley del mas fuerte y termina por esclavizar. Esclavos son los unos de los otros y todos lo somos, a final de cuentas, de nuestros propios deseos egoístas. Utilizamos el conocimiento de la manera más insensata. De pronto percibimos sus facetas mas visibles y desestimamos las más profundas y llenas de sentido. Las personas desean poseer todo cuanto sea posible, incluso el conocimiento, pues nos creemos separados de todos y de todo. Hemos cedido demasiado espacio a nuestras propias sombras dejando en gran medida al mundo caer en  confusión y penumbra. Pero hay algo mas... paradójicamente, entrados en tan oscuro estado, nos las hemos arreglado para debilitarles su luz a los recién llegados. Una de esas formas ha sido, muy irónicamente, a través de la educación. En un disparatado trueque, muchas veces les pedimos renunciar a su propia y auténtica luz para ofrecerles a cambio destellos sumamente artificiales.

No tardará mucho ya para que el corazón se vuelva ciencia, y la ciencia corazón, ¡afortunada y dulcemente no hay mas remedio, así tendrá que suceder tarde o temprano!... pues todo el conocimiento es sentimiento.

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