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José Manuel Guerrero Padilla

Contra Escila y Caribdis - Twoning

José Manuel Guerrero Padilla

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"TWOning  XI: El Niño, la Educación y el Verso de Tomás"

"TWOning XI: El Niño, la Educación y el Verso de Tomás"

 “Levanta la piedra  y me encontrarás, hiende el leño y ahí estoy yo”.

Hace varios años encontré ese libro, Los Evangelios Apócrifos, y leí esta frase. ¿Era así de fácil?, ¿levantar una piedra, o hendir un leño?, ¿la verdad, de manera tan evidente?, era el conocimiento hecho forma y vida, sólo había que tener ojos para verlo.

Así es, pues aún tengo el recuerdo cuando niño, levantando no sólo piedras… además trepando árboles, buscando insectos, mirando al cielo y sus luces. El conocimiento me rodeaba completamente desplegando su energía latente, formando imágenes y densidades ante mí. Incluso hasta la mas lejana de sus manifestaciones, estrellas perdidas en la oscuridad del universo a distancias colosales, llegaban a bañarme con su luz. La vida guarda el secreto… el alma de todo lo que es y existe, lo visible e invisible, ella guarda el alma de la cual nacen y surgen los sonidos, los lenguajes, los números, las formas y el movimiento. Es la misma creación que se despliega interminable y eterna.

Para proseguir con mi proceso educativo formalmente, era necesario entrar al colegio; dejar la azotea y el jardín de la casa, las calles y el exterior, e ingresar a las cuatro paredes del salón de clase. Entonces ahí, lejos de tantas maravillas, tienes que, no sólo comenzar a aprender lo que otros aprendieron, ordenaron y dictaron como conveniente, sino renunciar además a tu punto de vista. Queda en el olvido que todo conocimiento es, a final de cuentas, sentimiento, que el niño puede y debe enriquecer su propia visión y sentimiento hacia la existencia con las experiencias acumuladas por otros, pero es un grave error pedirle que renuncie a la suya propia.

Y eso es lo que hace el sistema educativo. Lo que el niño siente, piensa y cree, lo que él percibe de la existencia, tiene que substituirlo por lo que el sistema educativo le enseña. Mucho mejor si el niño lo expresa, literal (e inconcebiblemente), con las mismas palabras con las que le fue mostrado. El examen no contemplará, en las respuestas correctas, lo que el niño siente, que a final de cuentas es lo mas fiel y genuino de su propio proceso en el camino del conocimiento y el crecimiento.

No hay cosa más valiosa que saber quién eres y a qué has venido a la vida. Un niño, aparentemente, no sabe a qué ha venido a la vida a su corta edad. Para el mundo de los adultos el niño no tiene idea de eso. Me recuerdo cuando niño, deseando ser un astronauta y hoy día soy un licenciado en Administración de Empresas. ¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro? Nada y todo. Soñar con ser un astronauta era la manifestación de mi sentimiento de profunda admiración por el universo y las luces que brillaban en él. Era necesario que, siendo niño, subiera a esas naves espaciales imaginarias para llegar hasta donde hoy estoy; habiendo pasado por lo que tuve que aprender para luego desaprenderlo en gran medida, a través de mi historia, bien que mal, en este momento escribiendo acerca de lo que pienso, siento y creo.

Y muy a pesar de que el deseo de un niño sea algo tan “ingenuo” como querer ser un astronauta, o un bombero o un policía, el niño ensaya para la vida, y eso es tan, o mucho mas valioso, que cualquier lección de matemáticas o ciencias o historia que pudiera aprender en su paso por el salón de clases.

Pero el mundo tiene otras prioridades…

El día en que a tus padres les presentan las bondades del colegio, ellos salen realmente esperanzados. Les han prometido que aprenderás al menos dos idiomas, que manejarás una computadora a los tres años, que en matemáticas no habrá quien te gane, que formarás parte, en pocas palabras, de una institución muy prestigiosa.

El niño no entiende como los adultos, pero siente y sabe que algo está perdiéndose; los adultos han olvidado y dejado de percibir el lenguaje del sentido, ese que subyace a las frases y palabras que, comúnmente, se revuelven en su propio sinsentido. El niño quiere ser amado, el niño obedecerá para sentirse amado. El niño percibe la ilusión de papá y mamá; sus deseos, muchas veces tan ingenuos, de verlo hablar dos lenguas, de tener a un genio de las matemáticas y un portento de la computación. El niño obedece al mundo de los adultos y guarda datos en su memoria para ser querido. El niño comienza a entender la vida así; de todas sus maravillosas y fantásticas facetas, el mundo comienza a mostrarle una versión muy gris de ella misma.

El sistema educativo ya ha desmembrado el conocimiento en muchísimas partecitas. Esas partecitas las guarda en cajones distintos: historia, matemáticas, ciencias, lenguaje, etc, etc, etc. Así que, por ejemplo, el planeta, con todo lo que es, se le parte en varios pedazos. ¿Qué es el planeta tierra?, ¿según qué disciplina?, ¿la historia, la geografía, la física o la química?... ¿y que hay, simplemente, del planeta tierra?

¿Qué es el conocimiento, entonces, para el niño?, ¿qué significan, por ejemplo, las sumas y restas, las divisiones y las multiplicaciones?, ¿qué son para él los ríos, los países, las capitales, los ecosistemas?, ¿qué significa pi o las guerras mundiales o los “héroes” que la historia ha inventado? Todo un tedio, o seguramente datos sin mayor sentido que hay que memorizar, quizá, para tener una nota aprobatoria que evite castigos. O quizá la oportunidad de sentir el cariño y reconocimiento de papá y mamá, si se es capaz de conseguir un diez de calificación, o tal vez más que eso, la aprobación del colegio entero si se consigue formar parte del cuadro de honor. O quizás esos datos no le representen sino la más absurda testarudez del mundo y el niño termine rebelándose contra ese sinsentido. De cualquier manera el sistema educativo termina por reducir, a su mínima expresión, la labor del niño en el conocimiento, con una pírrica manera de examinar y su fría escala de cero a cien.

Pero el conocimiento es más que eso, el conocimiento tiene alma. Todo lo que existe está conformado por una razón, y si acaso hay quien no lo piense de esa manera, todo lo que existe no queda indiferente a nuestros ojos; terminamos por darle, consciente o inconscientemente, a todo conocimiento un sentido. ¿Qué significa sumar y restar, para un adulto?, ¿qué es pi, qué son los ríos y las capitales del mundo?, ¿qué es la historia, tan tergiversada y llena de héroes cuestionables?, ¿qué es la velocidad, el átomo, la luna, los planetas?... ¿qué significado tiene todo eso en nuestras vidas?

Tener la admiración de los demás, por el conocimiento adquirido, siendo la enciclopedia andante. O quizás sea parte de la herramienta necesaria para el trabajo y así poder llevar la vida. O quizá sea la manera de entender que la vida es… simplemente así, porque… así es. O volviendo a los ojos del niño, quizá sea, sin tanta revoltura y tontería añadida, la manera de encontrar a la vida y su creación grandiosa, majestuosa y maravillosa; hasta en los actos más simples como el levantar una pierda, o mirar el interior de un tronco; saber quien soy y qué vine a hacer a este lugar.

Amor.
Lo que nos hace sentir, lo que enchina la piel…
Si todo lo anterior no tienen que ver con el amor por la vida, ¿de que sirve, entonces?

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