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Apache 39
José Manuel Guerrero Padilla

Contra Escila y Caribdis

José Manuel Guerrero Padilla

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"Autorretrato Colectivo de Nuestro Peor Perfil"

Nuestro Peor Perfil

Estoy dispuesto a dar unas cuantas pinceladas de mi lado más desagradable… uno de manera colectiva. De un sector social que me propuso las pautas de mi desarrollo social, el cual preserva muchas virtudes y bondades pero que también tiene un lado oscuro. Una clase media que vive en constante erosión y enfilada a la extinción, sufriendo en gran medida las consecuencias de sus negligencias. Una clase que aceptó implícitamente un acuerdo desventajoso y ridículo con la parte dominante que se cree dueña del país.

Un estrato social, el cual se supone informado y educado, que entre sus peores repertorios de frases usuales, aún hace poco se le podían escuchar las siguientes: “Está bien que roben, pero que hagan algo”… “Van a robar, pero que nos dejen trabajar”… “Que roben, pero no tanto”... (dejando el “tanto” a la peligrosa consideración del grupo en turno en el poder) Sus palabras no guardan algún indicio de pena o lamento sino plena complacencia. Encierran más bien una lamentable impotencia venida a resignación. Una “firme” y envalentonada aceptación de las nefastas circunstancias, para evitar hacer el “ridículo” en demasía; antes que eso prefiere pretender dar un absurdo permiso. Y no son pocos los que desde su resignación esperan ansiosos a dar el brinco al lado opuesto de las partes en acuerdo; y entonces sus quejas no serán exactamente contra un sistema injusto, sino contra la injusticia de la vida por situarlos en el lado incorrecto de la desigual ecuación.  Pero cuando la vida da el giro inesperado no se la piensan dos veces para “aprovechar” la situación. Un sector que desde su machismo ególatra muestra un coqueteo y una discreta admiración por el uso ventajoso del poder y el “exceso” de testosterona.

Una gran parte de este sector de la sociedad gusta de “arreglar al mundo” en una charla de café; donde el único escenario al cual se da el permiso de acceder es al de la mesa de un restaurante, al comedor o a la sala de una casa; el auditorio es la familia o los amigos, y su poder de acción es… prácticamente nulo. Ante la imposibilidad de generar un cambio, lo que sí puede lograr es apoderarse de ese diminuto estrado por unos emocionantes instantes donde se fascina con la idea de resolver profundos problemas económicos, donde se cree desvelar los asuntos más complejos, y donde derrama sabiduría asegurando sin la menor duda cómo es que las cosas suceden y se mueven. Se emociona ensayando y repitiendo frases leías de libros, sacadas de sitios de internet, frases tomadas de “aceptables” y “reconocidas” figuras de opinión (aprueban los juicios más guiados por la fuente que los emitió que por la congruencia de los mismos); y no, no es en realidad con la idea de cambiar a su país ni mucho menos al mundo. Solo es pretender ser, en eso se convierte todo el asunto sin mayores repercusiones, pues no tiene la menor intensión de involucrarse mas allá… no, si no hay una ganancia personal cuantificable a corto plazo. ¿Y lo demás? Lo demás es solo un cliché, son ilusiones, utopías… Así como lo es para muchos de ellos el ser católico; es solo para los domingos, los demás días de la semana solo un personaje común que bien puede darse el permiso del adulterio en un table dance, o de acabar con la reputación de una conocida en un desayuno de amigas.

Sí, las ideas solo son reservadas para las charlas de café, porque para mucha gente en este sector, complaciente con el atraco, no hay indicios de problemas serios mientras puedan seguir pagando las colegiaturas de los hijos y aún alcance para el modelo reciente de auto y salir de vacaciones. Lo demás parece no afectar demasiado. Se hace de la vista gorda y clausuran para temas realmente relevantes su razón. Creen que la aceptación de las circunstancias va mejor con un mundo que se torna cada vez más frío, calculador e indolente, pues el no aceptarlas y no hacer nada sería igual a claudicar inmisericordemente. Ante indicios alarmantes de desestabilidad social desean con ansias que alguien ponga orden y restablezca el estatus quo que creen fielmente no les perjudica demasiado. Tienen la esperanza de que las figuras paternas de las cuales pretenden cobijarse los tengan a bien cuidar en sus intereses. Ponen su fe en ese mundo caótico pero “rentable” en el que han aceptado vivir y desean que pueda seguir estirándose sin mayor conflicto para que alcance a cubrir a sus descendientes, a quienes dejan confiando que puedan continuar en paz… sividad.

Resignación, que es impotencia elevada al infinito, que en las capas sociales más desfavorecidas es en cierta forma entendible, no obstante en un sector que se espera que su pensamiento sea de trascendencia para el país es chocante y desesperanzadora. Pero lo cierto es que algo está cambiando y creo que es perceptible. No sé si será a largo plazo que podamos o se puedan notar las consecuencias, pero hoy se yergue como una amenaza que parece sobrepasar a todos esos intentos aislados y desconectados que al paso del tiempo han terminado por convertirse en nada más que parte del folklor político y cultural del país, si no es que también secuestrados por alguna bandera política de distinto color a la gobernante. Hoy la amenaza parece ir más allá. Por eso el presidente en turno declara que hay quienes intentan desestabilizar ese absurdo acuerdo social que consiente el atraco y el engaño en su peor expresión: el cometido contra uno mismo. Con su frase muestra su torpeza, su ingenuidad y su descaro… no solo el suyo propio sino el de toda la clase política y el del país entero.

Verse al espejo no en todos los casos es agradable, puede llegar a ser incluso desmoralizante y vergonzoso. Pero la aceptación de la realidad, por más dolorosa que sea, por más desnudo que puedas quedar te aproxima a la verdad. Muchos somos lo que ante un perfil tan oscuro de nuestra realidad personal y colectiva deseamos comenzar a romper acuerdos absurdos y a pintar un nuevo autorretrato.
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