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José Manuel Guerrero Padilla

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José Manuel Guerrero Padilla

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"METAEconomia IV: Darwin para Economistas"

METAEconomia IV: Darwin para Economistas

Cuando me enseñaron, en el colegio, los esbozos de la teoría de Darwin, me asombré. En primer lugar, sí, por pensar que éramos una secuencia posterior en la evolución de los primates; y en segundo lugar, por la selección natural, pues decían que solo los individuos más aptos eran capaces de sobrevivir y heredar. Me sentí, de pronto, como un animal en medio de la selva, en espera de ser devorado. El sentimiento ha aminorado considerablemente, aunque no ha cambiado mucho desde entonces. Pero la teoría de Darwin es solo una con gigantescos huecos, o al menos gigantescas interrogantes, para mí. ¿De dónde y cómo obtuvo un organismo unicelular, al paso de millones de años, una carga genética tan compleja, desarrollada y perfecta como la que posee un ser humano? Y si tomamos en cuenta las probabilidades, según la entropía, de que esto pudiera suceder, pues termina siendo todo un milagro. Además de que me parece muy extraño, que viniendo del mono, no convivamos, hoy día, con un espectro de primates-humanoides producto (de igual manera) de millones de años de evolución, unos un poco más, otros un poco menos. Me parece, en todo caso, que la selección natural sí es observable, en el ámbito económico.

Es decir, ¿cuál es el resultado más observable del desarrollo económico en la historia del hombre, en éste su paso sobre la tierra? Muy visibles y determinantes serían: el desarrollo tecnológico y la enorme brecha en la repartición de las riquezas. Podríamos hablar de algunos más, también significativos, como el impacto de la actividad económica en el medio ambiente, la sobre-explotación de los recursos naturales, por mencionar dos, pero relativos a esta selección natural económica, es la brecha entre ricos y pobres.

En un artículo anterior escribí sobre el crecimiento económico. Sin entrar, por el momento, en el tema de a qué deberíamos aspirar cuando hablamos de crecer económicamente, ya hay algo que se mide como crecimiento económico y con lo cual “parecemos satisfechos” la mayoría. El crecimiento es un aumento en la suma de todas las transacciones económicas, ya sea por un aumento en las transacciones, un aumento en los precios, o ambas. Cualquier aumento en los precios que sea artificial (por inflación), no es real y habría que ajustarlo. Hay dos maneras en que las economías crecen; en que ese número del cual tanto se habla durante cada año, se logra alcanzar: el porcentaje de crecimiento con respecto al año anterior. Uno es cuando la población aumenta su tamaño y la economía, si no por naturalidad (pues habría más mentes y manos) sí por humanidad, hace que su economía crezca para permitirle la vida a esas existencias añadidas. La segunda es por talento, cuando el pensamiento crea algo nuevo, o añade valor a lo ya existente y lo transforma en algo superior, en cualquier ámbito, ya sea científico, artístico, deportivo o cultural.  El resto, es parte de la selección natural económica. ¿A qué me refiero con el resto?

El crecimiento “individual”, ya sea de un individuo o de una compañía, que no obedezca a un crecimiento poblacional o a un valor añadido a lo ya existente será, seguramente, parte de esta selección natural donde luchamos los unos con los otros, por la supervivencia y la herencia. Las utilidades son el instrumento entre las compañías, mientras que el precio del trabajo lo es entre los individuos. El de las utilidades en las compañías, es muy revelador.

El propósito de una economía es el de crear productos y servicios para el bienestar de los individuos (al menos en teoría); productos y servicios que llamamos de consumo. Para ello es necesario que la economía produzca otro bienes, llamados de capital, que servirán para producir los de consumo. Terminarán, esos bienes de capital, siendo “parte” de los bienes de consumo, en su desgaste. Una camisa, por ejemplo, tienen en sí misma un poco de cada máquina que la transformó en lo que es.

Todos los productos de consumo tienen reflejado, en su precio de venta, la retribución que corresponde, de cada una de las personas que trabajaron, para su creación, en cada una de las empresas de la cadena productiva desde su nacimiento hasta su venta. Incluso tienen también reflejado la parte correspondiente a los bienes de capital que los transformaron, pero los bienes de capital también fueron hechos por mentes y manos y su costo es el costo de los salarios y beneficios correspondientes. Todo costo/precio, al final de cuentas, corresponde a una trabajo humano. Ningún objeto tiene valor económico por sí mismo, ni el oro mismo, pues  el metal no puede reclamar nada para sí mismo. Es siempre el hombre quien fija los precios de acuerdo a sus creencias, sus deseos, sus necesidades, y la energía dedicada a transformarlos.

 Además de las retribuciones salariales, los productos de consumo también tienen un componente de las utilidades esperadas por los socios de las empresas que participaron en todo el proceso de su creación. Todo lo producido como bien de consumo (que en sí mismo contiene ya a lo producido como bien de capital) tiene, como si estuviera delante de un espejo, su contraparte, que es todo lo erogado (o pagado como salarios, beneficios y utilidades). Lo esperado es que lo uno sea adquirido por lo otro, de la manera que corresponda. Pero si una empresa desea crecer, el dinero por concepto de utilidades no lo utilizará para comprar bienes de consumo, sino bienes de capital. Siendo así, ¿qué productos se quedarán en el aparador sin ser comprados? ¿A que empresas afectará?

Entonces una gran parte del esfuerzo que las empresas e individuos hacen para “crecer” se convierte en una lucha por la supervivencia; por crecer a costa de la competencia. Al paso de los siglos hoy lo vemos, como una gigantesca diferencia se ha alzado entre lo que los seres humanos poseen. A todo esto, habrá que añadirle garras y colmillos… o quizá algo peor, pues en el reino animal se carece del grado de consciencia que, se supone, gozamos los humanos. Pues este grado de indolencia que acusamos los humanos por las diferencias brutales, no tiene comparación en aquel reino. Millones de muertes por hambre y desnutrición nos han pasado de noche. Pero no es eso solamente. Eso ha sido el resultado, entre muchos otros también desastrosos, no solo por indolencia sino por verdadera maldad. Desde la compra de voluntades de humanos débiles, dedicados a la política, para favorecer intereses, hasta las guerras organizadas para robar y aniquilar a pueblos enteros. Cuando tienen ya todo, y de sobra, hay quienes desean sentarse en el trono de dios y ejercer su poder en la vida de los demás.

¿Crecer?... ¿a qué le llamamos crecer? O vivimos engañados o vivimos en un buen grado de ignorancia… lo segundo es cierto, y haría cierto al primer caso también.

¿Crecer?, ¿cómo hacerlo?... Lo cierto, también, es que al hombre se le agotó la imaginación.

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