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José Manuel Guerrero Padilla

Contra Escila y Caribdis - Twoning

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METAEconomia VI: Justicia en unos Jeans, Dignidad Humana en la Alacena

"METAEconomia VI: Justicia en unos Jeans, Dignidad Humana en la Alacena."

Vestirte de injusticia, o servir en la mesa de casa un poco de avaricia sazonada con indiferencia. ¿Es posible? Sucede cada día; consumimos un poco, algo, o quizá mucho de ello y otras cosas nefastas también. Somos, la gran mayoría, consumidores bastante ciegos, muy auto-despojados de libertad y, por el contrario, tan solo dotados de una cuota de libre albedrío.

Pensar, por ejemplo, en algún producto… ¿unos jeans?, ¿una camisa?, ¿una caja de cereal?, ¿un auto? o quizás un anillo de brillantes… Comúnmente solo percibimos eso y de noche suele pasarnos todo lo ocurrido para que ese producto llegue hasta nuestras manos, una vez que lo compramos. Pero detrás de todos los productos existe una historia que a la gran mayoría nos importa muy poco, así suframos, irónicamente, con las consecuencias de lo que pagamos y consumimos. Entonces, al paso del tiempo, nos encontramos con un mundo severamente contaminado y sobre explotado, infestado de pobreza y avaricia extrema, donde abundan la compra de privilegios (o sea justicia selectiva, o mejor dicho, injusticia), donde existen la esclavitud moderna y hasta estilos de vida paradójicos, donde las jornadas de trabajo dejan tan poco tiempo libre, que en los “afortunados” casos trabajas duro para mantener un estilo de vida que no llegas a disfrutar totalmente. Estos son tan solo algunos de los problemas y sin sentidos que se muestran en el mundo de hoy.

Cuando estudiaba la carrera, se me mostraba como una de las bondades de la economía de libre mercado el hecho de que la competencia alentaba la eficiencia y la mejora; aspectos que se reflejaban en la calidad de los productos. Teorías como el hecho de que el mercado es eficiente por sí mismo y es capaz de elegir lo mejor y premiar la productividad y la mejora, se daban por hecho. Nada más lejos de la realidad, pues el libre mercado no es más que una idea o una especie de utopía. Esa teoría y sus premisas, además de no ser totalmente acertadas, no rigen en la mente y el corazón humanos y no podrán ser encarnadas totalmente por su misma falta de certeza y de propósito. 

Sí, no cabe duda que este sistema ha cosechado esta clase de frutos (productividad y mejoras) como subproductos del fin que la competencia económica en verdad persigue, pero no han sido los únicos “¿frutos?” de su cosecha.

El PIB, o sea la suma del valor de la economía de un país, que agrupa el valor de todo lo producido, viene a ser un reflejo del bienestar general. O al menos eso debería reflejar, aunque con la reserva de que, como lo comenté en un artículo anterior, se le restara todo ese PIB basura que nada aporta al bienestar general, y muy al contrario es un síntoma de problemas y estancamiento. En fin, los precios de los productos no solo reflejan costos de materias primas, mano de obra, capital y beneficios económicos; cada uno de estos rubros lleva implícito otros valores mucho más trascendentes y que no son tan evidentes a un primer análisis económico. Para ello voy a poner un ejemplo.

El país A llega a vivir una etapa de cierta prosperidad. Los trabajadores logran tener un salario que les permite un estilo de vida decoroso; es decir que ganan un buen salario y esto, obviamente, se ve reflejado en los precios de los productos. Todos viven, de cierta manera,  en un acuerdo, y esto quiere decir que en el precio de los productos está el valor de la mano de obra, y en ella está implícito el valor de la dignidad de la persona. Es el hecho de que un trabajador, hasta el que menos responsabilidad carga en sus hombros, tiene el derecho a una vida digna. Además supongamos que existen otros “valores añadidos” o costos inexistentes, y por lo tanto que no van en contra del precio de los productos, pues en general la gente en el gobierno mantiene la ley y con ella la justicia, en buenos términos. Por lo tanto, en los precios de las cosas, van implícitos (reflejados) los valores (en moneda) de la justicia, la dignidad humana y el respeto, por mencionar algunos. En este momento que vive el país A, la gente le da esos valores, ya sea consciente o inconscientemente, a los precios de los productos.

Pero de pronto el país A comienza a infectarse con un brote de avaricia. Un empresario que fabrica zapatos decide que puede hacer mucho dinero llevando su fábrica al país B, que es tan miserable que la gente acepta trabajar por unas migajas, pues allá el concepto de dignidad humana está en pañales, y los trae de vuelta para venderlos dentro de su país. Ese brote infeccioso pronto comienza a correr y crea su contraparte: el miedo. Un primer lote es producido y puesto en los aparadores. Este empresario ha logrado una diferencia considerable entre sus costos de producción y los de la competencia, y por lo tanto baja sus precios para vender más. Los consumidores, confundidos, están haciendo cuentas bobas: “compraremos mejor estos productos y al final tendremos más”. Así comienza una epidemia de avaricia y miedo que va en contra de la dignidad humana. El empresario despide a sus trabajadores y cierra su planta en el país A; la muda al otro, el país B. Los consumidores creen que están sacando ventaja de la situación al ahorrarse, al corto plazo, unas cuantas monedas; no ven más allá, ni se dan cuenta del harakiri económico que se están haciendo. Los trabajadores despedidos ahora están desempleados y dejan de consumir como lo hacían antes, lo que afecta a las demás empresas y a sus empleados en la proporción exacta a su despido. Entonces muchos de los que, haciendo cuentas felices, se querían ahorrar algunas monedas, comienzan a ver que sus patrones no podrán mantener el ritmo de crecimiento de sus sueldos al mediano plazo y que quizá hasta despidan a alguno; o que los ingresos de sus empresas se ven mermados y con ellos los suyos. Lo que se estaban ahorrando, con el tiempo, lo comienzan a pagar con creces: el precio de la dignidad humana. Pasan los meses, los años… otros empresarios se mudan a B, y con esta tendencia las cosas simplemente van mal; el dinero ya no alcanza. La gente le echa la culpa a que cada vez hay más competencia…

¿Quién es el responsable? Los responsables son todos. No solo es el empresario proponiendo erosionar, por avaricia, el valor de la dignidad humana. También son los consumidores que aceptan la proposición con su decisión de compra y no son capaces de darse cuenta que no solo están comprando unos zapatos, sino que muchísimo más está en juego con sus elecciones diarias.

Entonces otro empresario, de pronto, se da cuenta de que hay un tercer país aún más miserable, el país C, a donde puede llevar su fábrica a ganar mucho más dinero. Pero las leyes del país A no permiten la importación de bienes de allá. “¿Y qué importa? –dice-, con el potencial de negocios que me representa voy a sobornar a quien pueda otorgarme el ‘beneficio’”.  No solo se depreciará aún más el valor de la dignidad humana (pues alguien está a punto de vender la suya y la de los demás), sino que ahora existe un costo adicional, el de la injusticia y la corrupción, el de hacer negocio con el poder público, como si fuera privado. Ahora, en los nuevos niveles de precios, se verá reflejada la avaricia, el miedo, la injusticia y, sobre todo, la ignorancia.

Pero alguien piensa que todo está bien, que ahora en los países B y C, existe un poquito más de dignidad humana. Sí, solo un poquito más, pero el balance global, es el siguiente: mucha pérdida de dignidad humana en el país A, la cual no se compensa con el raquítico aumento de la dignidad humana en los otros dos países (y esto considerando que lo hubiese, pues en C han pasado del olvido a la esclavitud por la supervivencia); y la diferencia de la pérdida en A, menos las raquíticas ganancias de B y C, ha quedado en los bolsillos de algunos empresarios y unos políticos corruptos.

Así, cuando estemos de compras, deberíamos preguntarnos a qué le estamos dando valor y qué estamos premiando. Hacer el esfuerzo de ver que hay detrás de una camisa, un vestido, un televisor, unos lentes de sol o la misma despensa de la semana, bien vale la pena, bien vale nuestra dignidad humana.

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