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Apache 39
José Manuel Guerrero Padilla

Contra Escila y Caribdis - Twoning

José Manuel Guerrero Padilla

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"Érase una vez…: Una Noche Buena"

Érase una vez…: Una Noche Buena

Es noche buena. Él abre la puerta de su casa para dejar atrás ese mundo competitivo del cual forma parte. No es fácil renunciar totalmente a la lucha de cada día, no obstante que la vida le sonríe últimamente. Después de varias batallas perdidas, por fin la abundancia ha comenzado a llenar nuevamente los espacios de su vida. Nada le falta, y ha notado que requiere realmente de poco para vivir, a tal grado que comienza a cuestionar el para qué de todo lo que le podría ser posible y cuál es el verdadero sentido de su vida.

Todo para él ha adquirido un matiz diferente últimamente. Así como la Navidad es distinta, y así como todos los falsos anhelos de su niñez lo fueron también.  Piensa en ese cuento de personajes fantásticos que los adultos han inventado en el intento de evitarle a la niñez, tanto como fuere posible, la desilusión que emana del mundo frío y hostil de los adultos y que, no obstante, terminan por fastidiarlos. ¿Qué sentido tiene engañarlos… engañarnos todos con un señor vestido de rojo que intenta infundir esperanza con materialismo?, se pregunta mientras sube los escalones que lo llevarán a su habitación. Se aproxima a la ventana a contemplar las luces de la ciudad, que a la distancia se muestra cautivadora. Los adultos subestimamos a los niños, sin duda alguna, reflexionaba desnudándose. La inocencia no es ignorancia. Ella guarda en sí misma, desde lo más hondo y puro del ser, el presentimiento del conocimiento, de la belleza de este viaje llamado vida. Recordaba las incongruencias de esas falsas historias que, entre los regalos tan dispares, o entre el ser bien o mal portado para ser premiado con algo externo y ajeno, o los pobres que no tienen a santa, lo único que provocaban era la pronta iniciación a este mundo elusivo e ilusorio. Además, la fecha inventada del nacimiento; un dato que se han sacado de la manga, decía para sí, y que a final de cuentas tiene la pinta de todo menos de lo que el Hombre en cuestión vino a sembrar, a transformar, a ser y entregar como mensaje. Se sacó la última prenda y sintió frio, pero no desagrado.

Asistiría a la cena navideña, conversaría, brindaría y participaría de la fiesta. ¿Qué más daba? ¿Quién puede decir que ese festejo es lo que pretende ser? Es solo uno más de tantos de los que el año está repleto. Decidió tomar la ducha con el agua fría, tal como era. El agua es una alegoría del amor de verdad, pensaba. La mayoría tomamos un baño con agua tibia o caliente, meditaba al tiempo que abría la llave y la dejaba correr. Moldeamos su esencia a nuestros deseos, la calentamos para adaptarla a nuestro diminuto, cómodo y reconfortante ambiente. En cambio, el agua fría es como es, sin manipulaciones, y cuando te cae encima te roba una honda inspiración; te sacude, hace correr aprisa tu sangre por tus venas, despierta tus sentidos y tu calor interno. Así debe ser el amor en sus expresiones más elevadas, continuaba su soliloquio.

Salió de la ducha y al buscar con qué vestirse echo una mirada al crucifijo sobre la cómoda. ¿En realidad existió? Le abordó la duda por un efímero instante, como en algunas otras ocasiones. Desentendiéndose de ella comenzó a vestirse, reconfortado con su propio calor interno, el mismo que le recordaba que un año más estaba por concluir, y que no podía seguir viviendo la vida de la misma forma; que no podía seguir “bañándose” cómodamente en la vida… de la misma manera. Había que ir en busca su esencia… de la más pura, sobre todo de esa vida que era su propio aliento.

Tenía que arreglarse. Para un hombre el ritual es distinto, solo había que encontrar algo que ponerse. El narcicismo del macho pesa en otros terrenos con toda su importancia, aunque también llega a tener sus resabios en el aspecto físico. La visita al espejo es solo para rasurarse o acomodarse el cabello, aunque para él, esa noche, arrojó otras luces. Pudo ver más que su rostro y su figura. La gente cuestiona lo que no puede ver con los ojos, continuó con su discurso, pero ¿cuánto de ese “mundo real” es capaz, la gente, de captar con una mirada? Es un mundo de reflejos de luces, de sensaciones tan irreales que son producidas por el contacto de partículas tan diminutas que componen la materia y que la misma ciencia dice que no pueden considerarse reales hasta no ser observadas. Entonces, en la misma lógica de la ciencia y si no lo hacemos nosotros todo el tiempo, ¿quién mira desde lo alto, desde arriba, desde lo externo?, entonces, ¿quién mira desde lo más íntimo, desde lo más diminuto, desde lo más profundo?

Diez para la nueve de la noche y él se miraba en el espejo. ¿Y quién soy yo?, se preguntó… ¿quién quiero ser?...

Recordó las catedrales que había visitado en cada lugar, en cada viaje. Construcciones hermosas llenas de equilibrio y significado; erigidas a la luz de un conocimiento profundo, ancestral, incluso secreto y por lo mismo sagrado. Eran la belleza manifiesta, hecha templo para que habite el espíritu de Dios. Entonces se dio cuenta de lo vano de su ritual de veinte minutos, pero de lo significativo que llegaba a ser a la vez. Reconoció en él mismo, en esa imagen reflejada en el espejo, a un templo. Uno que requería un ritual profundamente más significativo que el que acababa de llevar a cabo. Tenía una vida para erigirlo, para embellecerlo y refinarlo con todo el conocimiento sagrado con el que contaba y llevado a la vida. Tenía un templo que cultivar para que habitara su parte más íntima y más sagrada, una que siempre se observa a sí misma y se recrea en su propia belleza.

Salió del baño y entró a la recámara a recoger las llaves de casa, pues se apuraba para llegar a la cena. Volvió a toparse con Él, al pasar junto a la cómoda, y se respondió por fin: Tú existes, lo sé desde aquí dentro. Esto es entre Tú y yo; mi vida tiene sentido pues gracias a Ti es que encuentro una manera… es que diviso un camino. Ya no vio más en esa figura a un cuerpo clavado en una cruz, era la alegoría del más hermoso templo que hubiese conocido. Amaba leer, disfrutaba de la poesía de la prosa. Ahora ansiaba escribir poesía viva, plasmando su prosa con cada hecho de vida, dejando atrás resentimientos, dudas y miedos.  

Se acercó a la cómoda y Le dijo: cada día, cada día… esto debe ser cada día. ¡Tú me inspiras!

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