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José Manuel Guerrero Padilla

Contra Escila y Caribdis - Twoning

José Manuel Guerrero Padilla

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"Adán contra Eva"

Adán contra Eva

Llegó el día en que me di cuenta que no había ya nada más qué hacer; me di cuenta que era inútil seguir pensándolo siquiera.  Solo había una opción, un camino, una salida: el divorcio. Más incomprensible era para mí el saber que las cosas habían marchado bien; que éramos para los demás una bonita pareja, que a pesar de los problemas inherentes y comunes, teníamos una familia. Pero yo ya no era el mismo, no podía seguir siendo el mismo. Mi camino iba en otra dirección.

No era simplemente mi caso, parecía que a donde fuera el infortunio y su estigma me perseguían. Charlando en un café me enteraba de otro caso, salía a cenar y alguien más lo había decidido; sin más que estar haciendo fila y escuchaba una plática ajena acerca de lo mismo. Éramos como fichas de dominó que caen una tras otra por una extraña y temible fuerza desconocida.

Al principio no es fácil lidiar con tu nueva situación. Debes caminar con el corazón destrozado dentro de un mundo muchas veces severo e hipócrita que bien puede inventarse contigo la historia de que has perdido la razón en busca de libertinaje o suponer cualquier otra estupidez en su avidez y adicción por el morbo. Gente que busca succionar de los dramas ajenos esas emociones de las que tanto carecen sus propias vidas tan planas y monótonas.

Buscas aliento y comprensión en algún ser humano que pueda sentir, que esté libre de dogmas rígidos y despojado de juicios inflexibles. Sientes que has transgredido las normas, que has quebrantado las estructuras, que has faltado a una promesa, que has destruido una familia… no obstante sabes que no puedes transgredir contra tu propio ser. Yo lo sabía y eso me mantenía firme, aunque aislado y escondido, lamiéndome las heridas.

Cuando podía abandonar mi ostracismo, durante alguna de mis visitas al mundo real, podía atestiguar que, muy a pesar de mi lastimado corazón (por voluntad propia), vivía una vida más auténtica que la que muchos vivían y viven desde la impotencia de un matrimonio carente y vacío.

A pesar de ello viví, por mucho tiempo, atormentado por una pregunta. ¿Por qué tuve que pasar por todo esto? No podía quitármela de la mente. Siempre he sido creyente; en un tiempo profesé la religión, aunque ya no más… lo que no conflictúa con mi fe verdadera, esa que me hace ser y sentir. Un día juré ante Dios cumplir mis votos y compromisos, y no pude lograrlo. Ante Dios… ante quien más me significa, quien todo me representa… había fallado cruel y dolorosamente.

Así pasé semanas y meses buscando la manera de expiar mis culpas, hasta que poco a poco me di cuenta que solo era yo. Era mi absurda rigidez, haciendo de mí mismo, añicos. Era yo mismo quien aceptaba y daba entrada a los juicios y señalamientos de los demás; era yo quien les daba cabida y valor. Era yo mismo buscándome el castigo. Mi estúpida intolerancia al error, a la misma naturaleza humana que inunda mi carne, mi sangre y mis huesos. Así como había juzgado, así me juzgaba ahora. Me había convertido en mi propio juez y verdugo.

Al final, después de sufrir con mi propia dureza, puede entender el propósito… la respuesta a la pregunta que tenía tatuada en mi mente desde esos estremecedores días. Había compartido trece años con una gran mujer, quien me había dado tres preciosos hijos. La tendencia humana al apego, en la mayoría de las ocasiones, nos impide apreciar la gracia y bendiciones de las relaciones, opacándolas con el temor de las despedidas. Además, la vida continuaba con un propósito renovado y profundo: comenzar a romper todas mis viejas estructuras de pensamiento y compartir mi aprendizaje.

Entre muchas tantas cosas, me di cuenta que el mundo estaba cambiando. Mejor dicho, que el mundo necesitaba cambiar. Lo hace gritando de distintas maneras, urgiéndonos a renovarlo, y con él a nosotros mismos. Yo había caído y tenía una lección qué aprender de ello. Pero no había caído solo, éramos muchos los que estábamos cayendo. Además de nuestras lecciones individuales, ahí yacía a la vez una lección colectiva por aprender.

 

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