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Apache 39
Toño Bárcena

El Guasón y la Botas.

Toño Bárcena

revista@apache39.com
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"CUENTOS ZEN"

Cuentos Zen

YA VEREMOS…

Ya veremos...


Había una vez un viejo granjero que había trabajado sus campos durante muchos años. Un día su caballo se fugó. Al escuchar la noticia, sus vecinos lo vinieron a visitar. “Qué mala suerte”, le dijeron. "Buena suerte, mala suerte. ¿quién sabe? Ya veremos…”, contestó el granjero.
A la mañana siguiente, el caballo regresó, trayendo otros tres caballos salvajes con él. “Qué maravilloso”, exclamaron los vecinos. "Buena suerte, mala suerte. ¿quién sabe? Ya veremos…”, contestó el viejo.
Al día siguiente, su hijo intentó montar uno de los caballos salvajes, siendo derribado por éste. A consecuencia de la caída se rompió una pierna. Los vecinos vinieron otra vez a ofrecer sus condolencias por el infortunio comentándole que qué mala suerte había tenido el muchacho. "Buena suerte, mala suerte. ¿quién sabe? Ya veremos…”, contestó el granjero.
Unos días más tarde, funcionarios militares vinieron a la aldea a reclutar hombres jóvenes para el ejército. Viendo que la pierna del hijo estaba rota, lo pasaron por alto y lo dejaron quedarse en su casa sin tener que ir a pelear. Los vecinos felicitaron al granjero por su buena suerte. "Buena suerte, mala suerte. ¿quién sabe? Ya veremos…”, dijo el granjero.


CONOCIENDO AL PEZ

Conociendo al pez


Un día, Chuang Tzu y un amigo estaban caminando por la rivera de un río. “Mire a los peces nadando”, dijo Chuang Tzu, “realmente están disfrutando de sí mismos”.
“Usted no es un pez”, contestó el amigo, “así que no puede saber verdaderamente que están disfrutando de sí mismos”.
“Usted no es yo”, dijo Chuang Tzu, “¿así que cómo sabe usted que no sé qué los peces están disfrutando de sí mismos?”


EL JINETE

El Jinete


El jinete, galopando a toda velocidad, pasa como el viento.
– ¿A dónde vas tan deprisa? –Pregunta el monje zen.
No lo sé… ¡Pregúntaselo a mi caballo!
El hombre corriente no tiene gobierno de sí mismo. Es el juguete de sus emociones.


EL FORMIDABLE PODER DE UN ÁGUILA

El formidable poder de un águila


Un hombre encontró un huevo abandonado, y por su forma y tamaño dedujo que se trataba de un huevo de águila. Como no tenía donde protegerlo, la alternativa más simple fue cobijarlo en el nido de un gallinero.
Poco tiempo después, un águila nació y creció entre las gallinas. Toda su vida el águila hizo lo mismo que las gallinas del corral, ya que se creía semejante a ellas. Arañaba la tierra en busca de gusanos e insectos. Cloqueaba y cacareaba. Y golpeaba sus alas para volar unos centímetros por el aire.
Los años pasaron y el águila fue envejeciendo. Un buen día contempló una magnífica ave surcando un cielo limpio de nubes. Volaba en graciosa majestuosidad en medio de poderosas corrientes de aire, casi sin batir sus fuertes alas doradas. La longeva águila miró hacia arriba con un profundo respeto.
¿Qué es eso? –preguntó.
Eso es un águila –le contesto alguien del corral. Pertenece al cielo. Pero nosotras pertenecemos a la tierra porque somos gallinas.
Así fue que un águila vivió y murió como una gallina, porque eso es lo que ella pensaba que era.


ZAPATILLAS

Zapatillas


A un discípulo que siempre estaba quejándose de los demás, le dijo el Maestro;
”Si es paz lo que buscas, trata de cambiarte a ti mismo, no a los demás. Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra”.


CIELO E INFIERNO

Cielo en Infierno


Un belicoso samurái desafió en una ocasión a un maestro zen a que explicara el concepto de cielo e infierno.
Pero el maestro respondió con desdén:
— No eres más que un patán. ¡No puedo perder el tiempo con individuos como tú!
Herido en lo más profundo de su ser, el samurái se dejó llevar por la ira, desenvainó su espada y gritó:
— ¡Podría matarte por tu impertinencia!
— Se acaban de abrir las puertas del infierno — repuso el maestro con calma.
Desconcertado al percibir la verdad en lo que el maestro señalaba con respecto a la furia que lo dominaba, el samurái se serenó, envainó la espada y se inclinó, agradeciendo al maestro la lección.
— Se acaban de abrir las puertas del cielo — añadió el maestro.


LA TAZA DE TÉ

La taza de té


Un importante catedrático universitario se encontraba últimamente en extraños estados de ánimo: se sentía ansioso, infeliz y si bien creía ciegamente en la superioridad que su saber le proporcionaba, no estaba en paz consigo mismo ni con los demás. Su infelicidad era tan profunda cómo su vanidad. En un momento de humildad había sido capaz de escuchar a alguien que le sugirió aprender a meditar como remedio a su angustia. Ya había oído decir que el Zen era una buena medicina para el espíritu.
En su región vivía un excelente maestro, y el profesor decidió visitarle para pedirle que le aceptara como estudiante. Una vez llegado a la morada del maestro, el profesor se sentó en la humilde sala de espera y miró alrededor con una clara — aunque para él imperceptible — actitud de superioridad. La habitación estaba casi vacía y los pocos ornamentos sólo enviaban mensajes de armonía y paz. El lujo y toda ostentación estaban manifiestamente ausentes.
Cuando el maestro pudo recibirle y tras las presentaciones debidas, el primero le dijo: “permítame invitarle a una taza de té antes de empezar a conversar”. El catedrático asintió disconforme. En unos minutos el té estaba listo.
Sosegadamente, el maestro sacó las tazas y las colocó sobre la mesa con movimientos rápidos y ligeros, y empezó a servir la bebida en la taza del huésped. La taza se llenó rápidamente, pero el maestro sin perder su amable y cortés actitud, siguió vertiendo el té. El líquido rebosó derramándose por la mesa y el profesor, que por entonces ya había sobrepasado el límite de su paciencia, estalló en un ataque de cólera vociferando airadamente; “¡Necio! ¿Acaso no ves que la taza está llena y que no cabe nada más en ella?”. Sin perder su ademán, el maestro contestó: “Por supuesto que lo veo, y de la misma manera veo que no puedo enseñarte el Zen. Tu mente ya está también llena”.


DESPUÉS DE MORIR

Después de morir


El emperador le preguntó al maestro Gudo,
“¿Qué le sucede a un hombre iluminado después de la muerte?”.
“¿Cómo podría saberlo?”, respondió Gudo.
“Porque usted es un maestro”, contestó al emperador.
“Sí, señor”, dijo Gudo, “pero no uno muerto”.


CAMBIO

Cambio


A un discípulo que se lamentaba de sus limitaciones, le dijo el maestro; “naturalmente que eres limitado. Pero ¿no has caído en la cuenta de que hoy puedes hacer cosas que hace quince años te habrían sido imposibles? ¿Qué es lo que ha cambiado?”
“Han cambiado mis talentos”, respondió el monje.
“No, has cambiado tú”, dijo el maestro.
“¿Y no es lo mismo?”, dijo el discípulo.
“No, tú eres lo que tú piensas que eres, cuando cambia tu forma de pensar, cambias tú”.


LA RESPUESTA JUSTA

La respuesta justa


Érase una vez  un fino letrado chino, adepto del ch’an, llamado Wang-Tze-Fu, al que le gustaba citar ante sus estudiantes la fórmula bien conocida de Lao-Tse “En vez de dar un pez a un hombre hambriento, enséñale a pescar”. Desarrollaba ese pensamiento con elocuencia:
¿Lo veis? – decía a sus oyentes -, cuando hayáis dado diez veces un pez a un desgraciado que se muere de hambre, si a la undécima no le dais nada se morirá. Pero, si le habéis enseñado a pescar, sobrevivirá y además le habréis devuelto la dignidad.
Huo-Huan era novicio y estudiaba el ch’an con el fino letrado. Escuchaba con devoción lo que decía el maestro, y cada una de sus palabras eran sagradas para él. Un día encontró a la orilla de un río un miserable que se moría de hambre. Se abstuvo de ofrecerle uno de los peces que acababa de pescar. Se puso a explicarle al indigente, siguiendo en eso las lecciones de su honorable maestro, como se pescaba. Le enseño con muchos detalles el modo de cortar una caña de pescar, en una madera ni demasiado dura ni demasiado blanda, cómo preparar el sedal y cómo utilizar el anzuelo y lanzarlo hábilmente. Mientras estaba enseñándole a cavar la tierra para recoger gusanos, el hombre se murió tontamente.


CINCO CAMPANAS

Cinco campanas


Érase una vez una posada llamada “La Estrella de Plata”.
Su dueño hacía todo cuanto podía por su clientela. Se esforzaba por  hacer de su posada un lugar confortable, por atender cordialmente a los clientes y cobrar precios razonables. Sin embargo, el dinero no alcanzaba.
Desesperado, acudió a un sabio. Éste, tras escuchar su sincera preocupación, le dijo:
 La forma en que puedes revertir esta situación es muy sencilla. Cámbiale el nombre a la posada.
–  ¡Imposible! – dijo el posadero. ¡Se ha llamado “La Estrella de Plata” durante generaciones, y así la conoce todo el país!
El sabio continuó diciendo:
–  A partir de ahora debes llamarla “Las Cinco Campanas”.
–  ¿Las cinco campanas?  -preguntó sorprendido el dueño. ¿Qué clase de nombre es ese?
El sabio prosiguió con sus instrucciones:
–  Debes, además, colgar seis campanas en la entrada.
– ¿Seis campanas? ¡Eso es absurdo! ¿Para qué va a servir?
El sabio no dijo nada más.
Eran tan pobres y débiles las esperanzas que tenía, que el posadero decidió hacer exactamente lo pedido por el sabio.
Y esto fue lo que sucedió…
No había ningún viajero que, al pasar por delante de la posada, resistiera la tentación de hacer notar el terrible error que el dueño de la posada había cometido. ¡Llamar a un lugar “Las Cinco Campanas” y colgar seis en la entrada era una garrafal equivocación que no podía pasarse por alto!
Una vez que el viajero ingresaba al lugar, quedaba tan impresionado por la cordialidad, calidez y esmerado servicio, que decidía alojarse en la posada.
Y así fue cómo con el tiempo, el dueño consiguió saldar todas sus deudas y ahorrar una pequeña fortuna, recordando siempre que no hay nada que le brinde tanto placer al ego como corregir los errores de los demás.


TU VERDADERO VALOR

Tu verdadero valor


Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le dijo:
Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después. Y haciendo una pausa agregó:
Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
Encantado maestro, -titubeó el joven, sintiendo que otra vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas.
Bien -asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó; toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuanto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro, podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación. Maestro, -dijo, lo siento, no pude conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
Qué importante lo que dijiste, joven amigo, -contestó sonriente el maestro. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregunta cuánto te da por él, pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡58 MONEDAS !!!!!!!!! -exclamó el joven.
Si, -replicó el joyero, yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente.
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo. Tú eres como este anillo, una joya valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.


LIBRO SANTO

Libro santo


Érase una vez un hombre que formó un camino espiritual y al que todos consideraban una persona muy ilustrada.
Sus seguidores adoptaron la costumbre de registrar en un libro todas las instrucciones que el maestro daba. Con el paso de los años, el libro alcanzó un considerable volumen con un copioso registro de toda clase de instrucciones.
A los seguidores de este camino se les aconsejaba no hacer nada sin primero consultar en el libro santo. Donde quiera que fueran, sin importar qué hicieran, debían consultar el libro, una especie de manual para guiar sus vidas.
Un buen día, mientras cruzaba un puente de madera, el maestro cayó al río. Los seguidores estaban allí, junto a él, pero ninguno sabía qué hacer en tales circunstancias. Decidieron entonces, consultar al libro santo.
Ayuda, –gritaba el maestro. No sé nadar
Espere unos momentos, Maestro. No se ahogue –respondieron los discípulos. Estamos consultando el libro santo.
En algún lugar tienen que estar las instrucciones a seguir en caso de que usted caiga al río mientras cruza un puente de madera.
Mientras los discípulos recorrían las páginas del libro buscando las instrucciones apropiadas, el maestro desapareció bajo el agua.


TAL ARMERO, TAL ARMA.

Tal armero, tal arma


“El sable es el alma del samurái”, nos dice una de las más antiguas máximas del Bushidô, la vía del guerrero. Símbolo de virilidad, lealtad y coraje, el sable es el arma favorita del samurái. El sable, en la tradición japonesa, es algo más que un instrumento temible, algo más que un símbolo filosófico. Es un arma mágica, que puede ser benéfica o maléfica, según la personalidad del forjador y del propietario.
El sable es la prolongación de los que lo manipulan, y se impregna misteriosamente de las vibraciones que emanan de sus seres.
Los antiguos japoneses, inspirados por la religión shinto, conciben la fabricación de un sable como un trabajo de alquimia en el que la armonía interior del forjador es más importante que sus capacidades técnicas. Antes de forjar una hoja, el maestro armero pasaba varios días meditando y después se purificaba practicando abluciones en agua fría. Después, vestido con hábitos blancos, ponía manos a la obra en las mejores condiciones interiores para crear un arma de gran calidad.
Masamune y Murasama eran dos hábiles armeros que vivieron a principios del siglo XIV. Los dos fabricaron unos sables de gran calidad. Murasama, de carácter violento, era un personaje taciturno e inquieto. Tenía la siniestra reputación de fabricar hojas temibles que empujaban a sus propietarios a entablar combates sangrientos o que, a veces, herían a quienes las manipulaban. Por el contrario, Masamune era un forjador de una gran serenidad que practicaba el ritual de la purificación para forjar sus hojas. Aun hoy en día son consideradas como las mejores del país.
Un hombre que quería averiguar la diferencia de calidad que existía entre ambas formas de fabricación, introdujo un sable de Murasama en el cauce de un río, con el filo orientado contra la corriente. Todas las hojas que pasaban flotando y tocaba el sable se cortaban en dos. A continuación introdujo el sable fabricado por Masamune. Las hojas se deslizaban intactas bordeando el filo del sable como si este no quisiera hacerles daño. Ninguna de ellas fue cortada.
El hombre dio entonces su veredicto; “La Murasama es terrible, la Masamune es humana”.


EL NUEVO PRIMER MINISTRO

El nuevo primer ministro


Había una vez, hace muchos años en un lejano país, un emperador que quería elegir como primer ministro a su súbdito más sabio y prudente.
Se presentaron un gran número de candidatos, de todos los confines del país.
Tras una larga serie de difíciles pruebas, tan solo quedaron tres aspirantes.
El emperador les anuncio:
“He aquí el último obstáculo, el ultimo desafío. Se os encerrara a los tres en una sala. La puerta tendrá una cerradura sólida y complicada. El primero que consiga salir será el elegido.”
Dos de los postulantes, que eran muy sabios, se pusieron enseguida a hacer arduos cálculos. Alineaban interminables columnas de números, trazaban complicados esquemas, diagramas herméticos…
De cuando en cuando, se levantaban, examinaban la cerradura con aire pensativo y regresaban suspirando a sus trabajos.
El tercero, sentado en una silla, meditaba sin decir nada.
De repente, se levantó, fue hacia la puerta y girando el pomo la abrió, saliendo por ella.


EN MANOS DEL DESTINO

En manos del destino


Un general japonés, llamado Nobunaga, decidió atacar al enemigo a pesar de contar con un ejército numéricamente inferior, en una proporción de 10 a 1.
A pesar de que estaba seguro de obtener la victoria, sus hombres no compartían su entusiasmo.
En el camino, se detuvo en un santuario shintoista y les dijo a sus hombres:
“Ahora entrare al santuario para rezar a los dioses. Cuando salga, arrojare una moneda al aire; si sale cara venceremos, si sale cruz seremos derrotados. El destino nos tiene en sus manos.” 
Nobunaga entro en el santuario y ofreció una plegaria silenciosa.
Al salir lanzo una moneda al aire. Salió cara.
Sus soldados entraron en combate con tal vehemencia que rápidamente la batalla se decidió a su favor.
“Nadie puede cambiar el destino, señor”; le dijo unos de sus oficiales.

“Claro que no…” dijo Nobunaga, mostrándole una moneda que tenía caras por ambos lados.
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